EN VÍAS DE EXTINCIÓN

abril 5, 2018 3:01 am


EN VÍAS DE EXTINCIÓN

La fácil victoria de Luis Cusolito por KO 1 el viernes pasado, donde defendió el título sudamericano supergallo, abre un interrogante acerca de esta corona que hoy no posee ránking y es disputada por púgiles sin mérito alguno y poco grado de oposición. ¿Tiene sentido que sigan existiendo en estas condiciones?

Érase una vez el prestigioso título argentino y también el sudamericano. 
 Por Gustavo Nigrelli

Luego aparecieron los regionales, a los que siempre les caemos encima por su falta de seriedad y ausencia de ranking en la mayoría de los casos, y en los que los hay, es como si no los hubiese, porque no se los respeta.

Así y todo, cínicamente se les confiere mayores facultades y privilegios que a los demás, sólo porque para disputarlos se cobra un arancel que va a las arcas de los organismos internacionales.

El título argentino, dentro de la pobreza del boxeo casero actual, sigue teniendo rigor y seriedad en un 100 %, máxime comparado con lo que hay alrededor, incluyendo a los mundiales, menos rigurosos a veces que los nuestros.

Sin embargo, lo sucedido el viernes pasado en La Calera, Córdoba, con el título sudamericano supergallo entre Luis Cusolito y el colombiano Ángel Berrio, donde el primero ganó por KO 1 sin oposición, fue un llamado a la realidad que desde hace un tiempo nos resistimos a reconocer.

Pudo haber pasado inadvertido como en otras tantas ocasiones, pero en verdad es de una importancia tal que desplazó en la consideración periodística de esta columna al peleón que hicieron al día siguiente en Chivilcoy Henrri Polanco y Héctor Saldivia, que se tiraron 7 veces, con dos descuentos de puntos, y una situación doble de golpe bajo en el mismo round -otra vez mal resuelta por el árbitro, ahora esta vez Antonio Zaragoza-, que sería largo y ocioso de explicar y donde ganó el primero por KOT 9.

Lo cierto es que, más allá de que tanto como Saldivia como Polanco debieran repensar sus carreras, y tomarse de mínima un prolongado descanso, pues ambos están permeables y en zona de riesgo, mientras ésta fue una anécdota aislada, el otro caso se está convirtiendo en un problema endémico.

Por empezar, el título sudamericano, cuya sede está en Buenos Aires por ser el país del sud continente que mayor cantidad de campeones sudamericanos tiene, no posee ránking.

Es decir, pelea cualquiera contra cualquiera mientras sean aprobados, con un criterio mucho más flexible que en el nivel doméstico, cuando debiera ser al revés, teniendo en cuenta la mayor extensión territorial.

En ellos se aplica el reglamento argentino, que para sí exige requisitos que ni para los títulos mundiales se pide, al punto que ha habido casos en los que un boxeador está rankeado mundialmente, pero no en el ámbito nacional.

Cusolito, que triunfó por KO en el 1º round, tuvo enfrente a un púgil que tenía dos derrotas consecutivas por la vía rápida en 2016, e hizo una sola en 2017 que ganó por KO 2 ante un púgil de 0-3-0 que había perdido todas antes del límite. ¿Cuál fue entonces el mérito para que con tan pocas peleas y experiencia, 5 meses después le den una chance por el sudamericano, que en realidad está creado para ser disputado por los campeones de cada país?

Nadie dice que ganar por KO 1 esté prohibido, o sea sinónimo de inequivalencia. Pero la victoria de Cusolito no sólo fue extremadamente fácil, sino que no tuvo mérito. No por lo rápida, sino porque el colombiano no hizo esfuerzo alguno por ponerse de pie y seguir la lucha tras un par de golpes a su zona hepática, que si bien llegaron, se adivinaron no tan contundentes como para causar semejante efecto, por no decir que Berrio exageró.

Lógico, el poco boxeo profesional –prácticamente inexistente- que hay en esta parte del mundo, hace que casi no haya campeones en los países vecinos (Bolivia, Uruguay, Chile, Perú).

Salvo Brasil -y excepcionalmente, porque sólo tiene nivel en el amateurismo-, y por supuesto, Venezuela y Colombia, que participan para la FECARBOX (Federación Caribeña de Box), en el resto el boxeo está en extinción, y gracias que hay púgiles. Ni hablar de campeones.

O sea: que Argentina tenga la mayoría de los campeones sudamericanos es más por escasez ajena que por mérito propio.

De allí que, siendo sinceros y honestos, los títulos sudamericanos debieran desaparecer, porque poco a poco fueron reemplazados por los otros, los regionales, como el FEDELATIN, OMB Latino, Latino CMB o FIB, y ni hablar de los intercontinentales, internacionales, interamericanos, FEDEBOL, y demás yerbas.

Pero estos engendros, si bien no poseen seriedad ni méritos -menos aún en sus versiones interinas que abundan, y que el CMB las llama “plata”, desprestigiando al noble metal-, al menos en algunos casos rankean para los escalafones mundiales de sus organismos, aunque pocas sean las veces que a través de ellos los boxeadores llegan a sus títulos, salvo que sean figuras.

¿Tiene sentido entonces mantener el título sudamericano y rifar por nada todo el prestigio que la dirigencia argentina cosecha con el manejo y seriedad del argentino, obligándose a hacer concesiones principistas para las que en otros casos son tan celosos? ¿Le suma hoy a alguien ser campeón sudamericano?

Lo curioso es que tanto el argentino como el sudamericano se regentean desde la misma oficina y con la misma gente, que para una cosa tiene un criterio y para otra otro diferente, quizás porque la rigurosidad atentaría contra su vida. Una vida que se apagó hace rato, tan lentamente que no nos dimos cuenta.

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