LA MALEZA

enero 23, 2018 6:45 am


LA MALEZA

El boxeo es terreno propicio para ilícitos, que en general no trascienden por irrelevantes y undergrounds. Germinan por necesidad económica y falta de control, o de presupuesto.

Pero sucedió algo que pone en peligro su legitimidad, y lo pone en la vidriera, desde que un púgil argentino sin licencia oficial FAB, firmó con una prestigiosa promotora mexicana para que le maneje su carrera internacional. ¿Qué pasaría si obtiene un título mundial? 

Por Gustavo Nigrelli

Hubiera pasado inadvertida esta noticia, como tantas otras que se producen en el boxeo argentino -incluso de mayor trascendencia-, de no atentar contra el orden institucional. Por eso cabe rescatarla y analizar sus posibles derivaciones sin subestimarla, antes de que sea demasiado tarde.

La semana pasada trascendió que un púgil argentino, que no posee licencia FAB, sino WPC –organismo no reconocido oficialmente, a quien se le han descubierto más de un ilícito, como el de hacer pelear a personas fallecidas- firmó contrato con la promotora mexicana “Cancún Boxing”, de Pepe Gómez, que es nada más ni nada menos que socio de Oscar de la Hoya, dueño de Golden Box Promotions. Y también con “Boxing Time Promotions”, de Guillermo Rocha, otra promotora azteca.

Se trata del supermediano bonaerense Nicolás “Bam Bam” Masseroni, hijo del ex púgil Walter Masseroni, y llamó la atención que hasta el ex tenista Javier Frana -hoy devenido en periodista-, en una transmisión de tenis le mandó saludos y hasta anunció lisa y llanamente su vínculo con Oscar de la Hoya –en rigor, algo falso-, convalidando periodísticamente el tema, tal vez por desconocimiento, tratando al púgil como una figura en ciernes.

Vaya a saberse.

Masseroni tiene 25 años y en su organismo (WPC) acumula un record de 16-0-0, 16 KO, todas en el 1º round, salvo una que fue en el 2º. Asusta a cualquiera, más si se trata de un desprevenido.

Por supuesto, todas sus peleas son ante no boxeadores, gente incluso cercana a los 50 años, de dudosa procedencia, que de pronto pesan 80 kilos y 5 meses atrás pesaban 110, o viceversa, y que si uno se toma el trabajo de chequear a fondo, verá que ninguno de los nocauts conseguidos -y subidos a youtube- son creíbles, porque son evidentes simulacros de caídas.

No importa. Quizás Masseroni sea una figura en ciernes. Quizás pegue tan duro como su record construido tan informalmente indica y aún no tuvo la oportunidad de demostrarlo ante un boxeador en serio y en actividad.

De hecho, se lo ve fuerte y brioso, aunque con pocos fundamentos técnicos. Ni hablar de los defensivos, y mucho menos de su absorción al castigo -que se desconoce-, crucial en el boxeo rentado, especialmente en categorías altas como la supermediano.

Pero no importa Masseroni. Supongamos que sea un fenómeno. Lo cierto es que no posee licencia oficial FAB, y lo ha contratado un promotor mexicano con llegada a USA, socio de Oscar de la Hoya, a quien hasta puede llegar a vendérselo en algún momento –aún no sucedió-, o compartirlo.

Y supongamos que un día pelee contra alguien, emboque uno de sus supuestos poderosos puños, y gane por nocaut en serio.

Vayamos un poco más allá: supongamos que llegue a ser campeón del mundo.

Varios púgiles de la WPC, que inflan sus records ante púgiles truchos igual que Masseroni, han salido del país a combatir al exterior, y perdido siempre -o casi siempre- por KO prontamente, porque por lo general hacen lo mismo que acá hacen sus rivales frente a ellos: a la primera de cambio se tiran, y andá a discutírselas. Lo importante es cobrar la bolsa.

Pero siempre son peleas menores, en Europa, en veladas poco prestigiosas, por más que los dólares valgan lo mismo que en cualquier lado.

Sin embargo esto es, o puede ser, el principio de otra cosa, porque México o USA no son Europa. Y los promotores conocen algo más de boxeo. No obstante, en la ansiedad de pensar que están manejando a un crack, por ahí un día dan el golpe: hoy, mañana, o cuando fuere, con Masseroni, o con Mongopichu.

Masseroni es una anécdota, un simple disparador de algo que puede pasar alguna vez y no está contemplado.

¿Qué hará la FAB, o mejor dicho, qué podría hacer? ¿Qué haría el boxeo mundial? ¿Cómo se consideraría eso?

Parece tonta la pregunta y el planteo, pero hagamos una analogía con otro deporte, por ejemplo, el fútbol.

Supongamos que un día aparezca un club de barrio, con personería jurídica, todo legal, pero no afiliado a la AFA, sino a alguna otra organización sin legitimidad, y tenga un equipo que arrasa: “Pintacaras Fútbol Club”.

Para participar en los torneos de AFA –se sabe- hay que estar afiliados a ella. Pero los Pintacaras están afiliados a otra paralela, que hace otro tipo de torneos barriales y no les interesa la AFA, porque en la suya son Gardel, y se reparten premios internacionales o mundiales, que solo ellos reconocen.

Sería absurdo pensar que en algún torneo –Nacional, Continental, o Mundial-, alguna Federación los dejara participar, dándoles una invitación especial. Inimaginable, aunque el equipo tenga cracks y puedan ser capaces de vencer al Barcelona.

¿Pero qué pasaría si algún día sucediera?

En el fútbol, como en todos los deportes, hay un poder central, un órgano rector que regula oficialmente la actividad.

En el caso del boxeo son las Federaciones Nacionales y los organismos internacionales los que rigen, pero a diferencia del fútbol, hay 4 en vez de uno como la FIFA, que no permitiría intromisiones, desafiliaría a cualquier Federación o país, y lo excluiría de todas sus competencias. Esto trasladémoslo a los demás deportes, sean individuales o colectivos.

Pues bien. En el boxeo no es así. En el boxeo, por lo que se ve, abren puertas a transgresores sólo preocupados por su árbol a quienes poco les importa el bosque, sin reparar en que no existe uno sin el otro.

Pepe Gómez pensó que adquirió un diamante en bruto y tal vez se ría de las licencias oficiales y los papeles. Entonces, ¿quién tiene la culpa? ¿El chancho, o el que le da de comer?

Al boxeo actual –y al de siempre- parece no interesarle demasiado lo legal mientras haya negocio. Es más, se suele decir por lo bajo -como quien revela que los Reyes Magos son los padres-, que “el boxeo es un negocio”, priorizando a éste (el negocio) excluyentemente, y relativizando las pautas deportivas. Así el boxeo seguirá regalando prestigio, retrocediendo en interés y seriedad hasta extinguirse.

Hasta que se vea que no se descuida el negocio por aplicar las reglas deportivas, y que todos pueden seguir siendo rentables desde que son profesionales. Sólo que éstos invierten la fórmula y priorizan su esencia por sobre el resto. Porque entienden que cuanto más serios sean, mejor funciona el negocio. Nunca al revés.

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